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Bioeconomía en Colombia: retos de un nuevo contrato social con la naturaleza

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Economía, biodiversidad y sostenibilidad ya no son ideas excluyentes gracias a la bioeconomía. Este nuevo horizonte de desarrollo encierra potencialidades y, sobre todo, retos para el Estado colombiano.

La Fundación Najil Cab promueve el uso y manejo responsable de la biodiversidad en Caldas y su foco está puesto en polinizadores locales, en especial abejas nativas sin aguijón. Foto: Ángela Zea

Por Johana Ariza Marín
Docente ESAP, Dirección Territorial Meta, Guaviare, Guainía, Vaupés, Vichada y Amazonas. 

¿Qué tienen en común un delicioso café de especialidad producido en una finca de Planadas, Tolima, que no altera el ecosistema; un proyecto de turismo comunitario en Nuquí (Chocó) y un fitomedicamento producido a partir del dividivi para el tratamiento del cáncer? Todos ellos son emprendimientos que aprovechan la biodiversidad sin acabar con el medio ambiente; es decir, son ejemplos de un nuevo modelo de desarrollo conocido como bioeconomía.

La bioeconomía no es una nueva etiqueta para viejas prácticas: surge en un momento histórico donde los modelos tradicionales de desarrollo han demostrado sus limitaciones ambientales y sociales. Mientras la economía tradicional concibe la naturaleza como un almacén de recursos por explotar, la bioeconomía la entiende como un sistema dinámico de relaciones que puede generar valor de manera sostenible.

Pero, más allá de los debates teóricos, la discusión en torno a la bioeconomía se instala en el centro de las políticas públicas contemporáneas, especialmente en regiones megadiversas como América Latina. En ese contexto, Colombia, con su extraordinaria riqueza biológica, se encuentra en una encrucijada histórica: ¿puede liderar esta transición o permanecer atrapada en los modelos extractivos obsoletos?

De lo lineal a lo circular

Lo revolucionario de este enfoque radica en su naturaleza circular: los residuos se transforman en insumos, los ecosistemas se regeneran mientras son productivos y la innovación científica dialoga con los saberes ancestrales. Los modelos extractivistas lineales han fracasado y los retos que hoy enfrenta la humanidad requieren un modelo basado en el respeto por la vida.  

Este nuevo modelo se materializa en sectores emergentes de la economía como la biotecnología, que es el uso de organismos vivos como plantas, bacterias, levaduras o enzimas para crear productos; la bioenergía, en la que se usa materia orgánica renovable (o biomasa) para producir electricidad o combustibles; la agricultura regenerativa, una forma de cultivar que además de evitar el daño de la tierra, ayuda a recuperarla y los biomateriales, que es la fabricación de materiales a partir de recursos biológicos en vez de petróleo o minerales contaminantes.

Desde el Chocó, Herencia Eco es un emprendimiento que transforma productos forestales no maderables como el guácimo en tratamientos para el cabello. Foto: Portal Ministerio de Ambiente (21 de julio de 2021).

Para Colombia, esta transición no es solo una oportunidad económica, sino una necesidad estratégica. De acuerdo con el Sistema de Información sobre Biodiversidad de Colombia (SIB), el país posee aproximadamente el 10 % de la biodiversidad mundial en apenas el 0.7 % de la superficie terrestre. Esta concentración biológica excepcional abre posibilidades inéditas en sectores como la farmacéutica natural y los bioemprendimientos.

Protagonista: el campo

Una de las limitaciones más significativas de los enfoques de desarrollo tradicionales es que se han enfocado en las ciudades y en una visión rígida de lo que significa el progreso. Desde esta perspectiva, las grandes obras de infraestructura, las vías y las industrias son el camino. La bioeconomía, por el contrario, ubica a los territorios rurales en el epicentro de la transformación económica. Esta no es una decisión ideológica, sino una consecuencia lógica: el campo, los bosques y las selvas concentran la biodiversidad y es allí donde las comunidades han desarrollado, a lo largo de generaciones, estrategias sofisticadas de manejo ambiental.

En ese orden de ideas, los territorios indígenas, afrodescendientes y campesinos pasan a ser actores protagónicos de este nuevo modelo de desarrollo. Los conocimientos tradicionales de quienes los habitan, frecuentemente subvalorados por la academia convencional, se revelan como componentes esenciales para diseñar sistemas productivos sostenibles.

El ecoturismo comunitario en departamentos como Amazonas, Meta y La Guajira, la producción de cacao fino de aroma en Chocó, o los proyectos de bioenergía rural son ejemplos de cómo la bioeconomía puede convertirse en un camino hacia la inclusión social y generación de empleo digno.

Asozhonm es un negocio verde indígena en Inírida (Guainía), protege el ecosistema de los Cerros de Mavecure y promueve el turismo ecológico. Foto: Portal Ministerio de Ambiente (20 de noviembre de 2021).

Los retos del Estado

Sin embargo, esta potencialidad no se materializa automáticamente. Requiere estrategias que articulen el conocimiento local con la innovación científica, los mercados locales con las cadenas globales de valor y los beneficios económicos con la conservación ambiental. La implementación exitosa de la bioeconomía demanda un rol proactivo y sofisticado del sector público. Lejos de limitarse a funciones regulatorias tradicionales, el Estado debe asumir un papel de arquitecto institucional y catalizador de transformaciones estructurales.

El primer desafío consiste en desarrollar marcos normativos que incentiven la sostenibilidad sin asfixiar la innovación. Esto implica la creación de leyes de bioprospección que protejan los recursos genéticos nacionales mientras facilitan la investigación científica; sistemas de certificación ambiental que agreguen valor a los productos bioeconómicos y regímenes de propiedad intelectual que reconozcan tanto la innovación científica como los conocimientos tradicionales.

La bioeconomía también requiere inversiones significativas en investigación, desarrollo tecnológico e infraestructura especializada. El Estado debe liderar esta inversión, especialmente en las etapas iniciales en las que el sector privado percibe riesgos elevados. Esto incluye desde laboratorios de biotecnología hasta programas de apoyo a bioemprendimientos, pasando por sistemas de transferencia tecnológica que conecten la academia con el sector productivo.

Quizás la función más compleja del Estado en la bioeconomía es su rol como orquestador de alianzas multi-stakeholder para facilitar la colaboración entre actores que usualmente no trabajan juntos. La administración pública debe promover diálogos entre comunidades locales, sector privado, academia y organizaciones internacionales para asegurar, además, que los beneficios del desarrollo bioeconómico se distribuyan equitativamente.

La gobernanza territorial emerge aquí como una herramienta fundamental. Se trata de crear espacios de participación donde las decisiones sobre el uso de recursos biológicos se tomen de manera democrática, informada y transparente, evitando tanto la exclusión de las comunidades locales como la concentración de beneficios en elites económicas.

La transición hacia la bioeconomía no está exenta de riesgos. Existe la posibilidad de que este nuevo paradigma reproduzca patrones extractivos bajo nuevos nombres, convirtiendo la biodiversidad en una nueva frontera de acumulación capitalista. También persisten brechas tecnológicas, limitaciones de acceso a mercados internacionales y resistencias institucionales al cambio.

No obstante, las oportunidades superan ampliamente los riesgos. El creciente interés global por productos sostenibles, los avances en biotecnología y el reconocimiento internacional de la importancia de conservar la biodiversidad crean un contexto favorable para que países como Colombia lideren esta transición.

La bioeconomía representa mucho más que una estrategia económica sectorial; constituye la base para un nuevo contrato social con la naturaleza. Este paradigma emergente nos invita a reimaginar las relaciones entre sociedad y ambiente, entre conocimiento científico y saberes tradicionales, entre crecimiento económico y justicia social.

Edición: Paula Andrea Grisales Naranjo 
Corrección de estilo: Paola Medellín Aranguren