Tras años de violencia y el abandono estatal, mujeres de los Montes de María se han convertido en protagonistas de un proceso de reconstrucción y liderazgo social. Una investigación de la ESAP recoge sus voces y muestra cómo la acción estatal puede (y debe) nutriste de “fogones” y conversaciones desde el territorio.

Por Augusto César Puello Mestre
Comunicaciones ESAP, Dirección Territorial Bolívar, Córdoba, Sucre y San Andrés.
En los Montes de María, entre Bolívar y Sucre, el viento aún carga los ecos de las masacres y los desplazamientos que marcaron a toda una generación. Allí, donde el Estado estuvo ausente y los grupos armados dejaron cicatrices, un grupo de mujeres decidió que el miedo no continuaría gobernando sus vidas.
Sus historias fueron el centro de la investigación Administración Pública, Mujeres y Paz Territorial: Narrativas de Mujeres en la Colombia Rural, adelantada entre 2023 y 2024 por Lady Andrea Suárez Carvajal, docente de la Escuela Superior de Administración Pública (ESAP) territorial Bolívar, Córdoba, Sucre y San Andrés, y Evi Dukaba Martínez Flórez, estudiante de Administración Pública, quien la acompañó como coautora en este recorrido por la memoria y la resistencia femenina.
Brújula de tenacidad
El trabajo llevó al equipo a recorrer caminos polvorientos, llegar a caseríos donde no hay más de diez viviendas y compartir con lideresas que, entre el fogón y la palabra, encontraron formas de resistir. Una de ellas les dijo con firmeza: “Ya no nos agachan más la cabeza, porque ya tenemos conocimiento de lo que está pasando en el territorio y ya tenemos que alzar la voz”. Esa frase, recuerda Suárez, se convirtió en una brújula que resumía la esencia de lo que estaban descubriendo: que, pese al dolor, son mujeres que no se rinden, sino que se reconocen como personas que impulsan la transformación social de su entorno.
La zona de los Montes de María (ubicada en los departamentos de Bolívar y Sucre) no fue escogida al azar para esta investigación, pues este ha sido un territorio fuertemente golpeado por el conflicto armado. De acuerdo con el estudio La tierra en disputa. Memorias del despojo y resistencias campesinas en la costa Caribe 1960‑2010, del Centro Nacional de Memoria Histórica (CNMH), entre 1997 y el 30 de abril de 2010 allí se registraron aproximadamente 355.575 desplazados. Además, entre 1999 y 2002 hubo 18 masacres, como la de El Salado, ocurrida en El Carmen de Bolívar en febrero de 2000, cuando un grupo paramilitar asesinó a 60 personas.

Suárez comparte una anécdota que describe las estrategias que aún perviven para sobrevivir a ese contexto de violencia. Una lideresa le había dado por teléfono una descripción detallada de su casa para la primera visita: era rosada y con ciertas características fáciles de identificar. Pero cuando llegaron al caserío, ninguna vivienda coincidía. Tras llamarla, la mujer salió a recibirlas y, al poco rato, confesó que había descrito una casa distinta. Era su forma de protegerse ante la amenaza reinante de grupos armados.
“Fue impactante constatar cómo incluso la dirección de la propia vivienda se convierte en estrategia de autocuidado”, reflexiona Suárez. Entendió entonces que esta investigación no se trataba solo de recolectar datos, era entrar en territorios donde la vida sigue en riesgo y cada gesto es una muestra de resistencia.
“El dolor no se olvida, pero uno aprende a caminar con él y con otros. Entre nosotras nos ayudamos y salimos adelante”, expresó una de las mujeres. Y con la persistencia de la vegetación que florece en el desierto, han surgido procesos campesinos, colectivos de mujeres y apuestas por la paz territorial que merecían ser contadas. Precisamente la investigación buscó documentar cómo esas experiencias se convirtieron en una especie de ‘laboratorio social’ para, de esta manera, comprender cómo la memoria, el arraigo y la organización comunitaria transforman un territorio.
Gestionar desde lo público no debe limitarse a la burocracia, implica reconocer los saberes locales, dialogar con las comunidades y construir políticas que nazcan de las realidades vivas de los territorios. “Las mujeres de los Montes de María nos recuerdan que la paz no se decreta desde los escritorios, se teje desde la palabra, la cooperación y la memoria”, Lady Andrea Suárez.
Cambio de planes
La metodología inicial planteaba entrevistas y grupos focales, pero pronto el camino les mostró otra ruta. En medio de las conversaciones con las comunidades, apareció la idea de la “olla comunitaria”. Preparar juntas un sancocho alrededor del fuego se transformó en una oportunidad para cocinar la confianza y compartir la memoria, fue así como las mujeres dejaron la timidez y empezaron a narrar sus vidas. “La paz también se cocina con afecto, con solidaridad y con diálogo”, comenta Suárez.
Con el paso de los días, lo que más sorprendió al equipo fue el liderazgo silencioso de las mujeres. Los resultados de la investigación revelan que no siempre ocupan cargos visibles ni hablan en grandes escenarios, pero desde la cocina, el tejido, la máquina de coser, la venta de gallinas, la crianza o el canto sostienen la vida comunitaria.
En síntesis, las mujeres rurales que fueron víctimas del conflicto armado en Montes de María convirtieron la vulnerabilidad en liderazgo social, conservan la identidad cultural como raíz de cohesión, transformaron sus experiencias en acciones que fortalecen su comunidad y se convirtieron en actoras de cambio, en constructoras de paz.
Por otro lado, la investigación también dejó al descubierto la distancia entre la norma y la realidad. Aunque la Ley de Víctimas y Restitución de Tierras (Ley 1448 de 2011) prometía reparación y garantías, los hallazgos revelan indemnizaciones mínimas, trámites interminables y una profunda desconfianza hacia las instituciones. “La ESAP llega donde muchas veces el Estado no llega. Allí generamos vínculos, acompañamos procesos de educación para la paz, de formación en derechos humanos y de fortalecimiento institucional con enfoque territorial”, indica la investigadora.
Esa brecha entre la que dice la ley y su aplicación reforzó la idea que las políticas públicas deben construirse desde abajo, a partir de las particularidades, saberes y prácticas que ya existen entre los actores locales. “Este modelo busca que las políticas públicas no se impongan desde arriba, sino que sean construidas por las mismas comunidades, con sus particularidades, desde su género, su etnia y su territorio”, asegura la docente.

En esa línea de reconocer los saberes locales, Martínez plantea una necesidad urgente: que se permita a las comunidades formular sus propios proyectos, sin depender de intermediarios. “Muchas veces llegan instituciones o agencias internacionales a ejecutar programas, pero los recursos podrían gestionarse desde las mismas comunidades, que conocen mejor sus necesidades”, reflexiona.
Lecciones que quedan
Para Suárez el trabajo de campo en los Montes de María le dejó una certeza: la administración pública puede ser una fuerza transformadora cuando se ejerce con ética, humanidad y compromiso con los territorios. “Comprendí que la gestión del conocimiento no se construye solo en los espacios institucionales ni en los documentos técnicos; también está en las conversaciones, en las ollas comunitarias, en los tejidos simbólicos y en los actos cotidianos de las mujeres que sostienen la vida en medio de la adversidad”, asegura.
Más allá de los hallazgos académicos para Martínez, como estudiante, la investigación fue una lección de vida. Comprendió que los administradores públicos, tanto en formación como en ejercicio, deben trabajar desde el sentir y la empatía, conectando la gestión pública con la realidad de los territorios. “A veces las políticas parecen diseñadas para un país distinto, pero cuando uno camina con la gente y comparte sus espacios, se da cuenta de que la verdadera transformación empieza allí, en lo cotidiano, en lo comunitario”, puntualiza.
En cuanto a las lecciones para la administración pública, Suárez las resume diciendo que gestionar desde lo público no debe limitarse a la burocracia; en su opinión, implica reconocer los saberes locales, dialogar con las comunidades y construir políticas que nazcan de las realidades vivas de los territorios. “Las mujeres de los Montes de María nos recuerdan que la paz no se decreta desde los escritorios, se teje desde la palabra, la cooperación y la memoria”, indica.
En los Montes de María, un fogón de leña se volvió aula, una olla de sancocho se convirtió en método y la palabra se transformó en herramienta de resistencia. Allí, las mujeres siguen mostrando que la paz no llega como dádiva: se cocina desde abajo, entre la vida cotidiana y la esperanza compartida.
*Comunicador social y periodista con 15 años de trayectoria en crónica, reportaje y proyectos investigativos. Especial interés en nuevas narrativas, estrategias digitales y comunicación pública orientada al impacto social.
Edición: Paula Andrea Grisales Naranjo
Corrección de estilo: Paola Medellín Aranguren

